El pitog√ľ√©

VM. En estas tierras coloradas abundan mitos y leyendas, entre los cuales se encuentra la del pito g√ľ√© o tambi√©n llamado benteveo o bichofeo. Su grito agudo y prolongado es el que da origen a su nombre, ya que las personas que habitan en estas regiones creen o√≠r esas palabras.

Siempre se escucha alguna se√Īora muy supersticiosa cuando los ve: “¬°Fuera pito g√ľ√©! ¬°Fuera!”, con miedo de que anuncie alg√ļn mal augurio o muchas veces embarazos en la familia.

Seg√ļn cuenta ¬†la leyenda ‚Ķ ¬†una anciana, casi centenaria, viv√≠a a la orilla de un espeso monte con la √ļnica compa√Ī√≠a de dos muchachos hu√©rfanos que ella hab√≠a recogido y alimentado desde muy peque√Īos.

La anciana apenas pod√≠a comer dada su avanzada edad y la subsistencia del grupo se basaba en el consumo de los productos naturales que ofrec√≠a la zona, como perdices, peces, tat√ļes, y frutas que los muchachos se encargaban de recolectar.

El vicio del tabaco era lo √ļnico que romp√≠a la mon√≥tona existencia de aquella mujer, a quien le agradaba sobremanera fumar el r√ļstico pito de palo, que continuamente acariciaba con sus dedos encorvados y rugosos.

Los muchachos se lo armaban y encendían y así pasaba la mayor parte de sus horas, sentada en un sillón de paja con la blanca cabellera sujeta por una sucia vincha.

Cuando el tabaco dejaba de arder, ella llamaba a los muchachos con insistencia: pitog√ľ√©, pitog√ľ√© (¬°pito apagado, pito apagado!).

Enseguida mam√°, enseguida, le respond√≠an ellos que siempre se acercaban corriendo para no o√≠rla rezongar ni soportar sus insultos, que sol√≠an ser duros. Aqu√©l llamado chill√≥n repetido d√≠a a d√≠a durante largos a√Īos, lleg√≥ a constituir una verdadera pesadilla para los j√≥venes muchachos, que no pod√≠an jugar ni salir libremente a cazar por el monte bajo la luz del sol ya que deb√≠an estar pendientes de los requerimientos de la anciana.

La b√ļsqueda de alimento la ten√≠an que hacer por turno para no dejar sola a la vieja. En fin, no ten√≠an libertad para hacer nada sin que el grito de ¬°pitog√ľ√©! viniera a interrumpirlos; ni bien se alejaban de la casa, los deten√≠a el grito chill√≥n, insultante y rabioso de la vieja y ten√≠an que volverse resignados.

Un día uno de ellos dijo: Vámonos, y que ella se arregle como pueda.

¡No, que Tata Dios nos va a castigar si la dejamos! al fin y al cabo, ella nos ha criado… Nos ha criado sí, pero ella ahora nos vuelve locos todo el día, contestó el otro.

Sin embargo, la idea de la liberaci√≥n se fue apoderando de ellos poco a poco hasta que al promediar una ma√Īana, decididos ya, despu√©s de comer una mulita asada y algunas frutas, decidieron marcharse definitivamente condenando a la soledad a la vieja mujer que los hab√≠a criado. En ese momento √©sta se hallaba dormitando en su sill√≥n de paja con el pito apagado entre sus rugosas manos.

Cuenta la leyenda que tan grande fue la desesperación de la vieja al despertar y no recibir respuesta alguna de sus criados que, a los gritos, prometió antes de morir que su alma reencarnaría para perseguir a los pobres muchachos durante el resto de sus vidas y hacerles pagar el abandono al que la habían sometido.

Así murió la anciana mujer. Entre tanto los jóvenes seguían camino adelante. Aparentemente se sentían libres y felices, sin querer reconocer que el llamado de su madre adoptiva los seguía interiormente sin descanso.

A cada momento parec√≠a resonar en sus o√≠dos. Pero una ma√Īana lo oyeron tan claro y cercano que se asustaron de veras.

¬ŅO√≠ste eso hermano? Es la vieja que nos est√° llamando‚Ķ

-Pero… ¬ŅVos est√°s loco? -No‚Ķ ¬°Mir√°…!¬°Mir√° all√≠…!

Un p√°jaro extra√Īo para ellos hab√≠a venido a posarse en una rama, precisamente sobre sus cabezas.

De él provenía el grito que los había llenado de terror.

Con los ojos abiertos de espanto miraban al animalito: las patas agarradas en la rama se parecían a los dedos de la vieja apretando el pito; el pico, la nariz puntiaguda de la anciana; y la franja que tenía en la cabeza, la vincha con que ella se sujetaba el pelo…

Los muchachos solo atinaron a correr muertos de espanto, pero fue en vano porque el ave los persegu√≠a con su grito chill√≥n y ensordecedor: ¬°Pitog√ľ√©!, ¬°Pitog√ľ√©!

Al fin cayeron, agotadas sus esperanzas de libertad por la sed, el hambre, la locura y el miedo.

Cuentan por ahí, que el pájaro aquél era verdaderamente la misma vieja que había reencarnado para perseguir hasta la muerte a los pobres criados, que intentaban escapar de esa condena que los tenía encarcelados.

Tanto su acostumbrado grito como la sucia vincha que la vieja usaba para sujetar su cabello, se perpet√ļan en la garganta y en la cabeza de √©ste p√°jaro, conocido tambi√©n con el nombre de Benteveo, Pitojuan, o Bichofeo.