Leyenda del Uruta√ļ

√Ďeambu√≠ era hija de un aguerrido cacique guaran√≠, que se hab√≠a instalado con su gente en un lugar hermoso, muy codiciado por sus vecinos. La joven guardaba un recuerdo triste de las continuas luchas que su padre debi√≥ enfrentar para conservar ese paraje de la invasi√≥n de sus enemigos, y de c√≥mo el cacique con el correr de los a√Īos se hab√≠a vuelto cada vez m√°s duro e implacable.

Hac√≠a tiempo que Cuima√©, el joven cacique de una tribu vecina, estaba enamorado de √Ďeambu√≠. La muchacha aceptaba los regalos que le tra√≠a su pretendiente, pero despu√©s corr√≠a al monte a jugar con los p√°jaros y a trenzar guirnaldas de flores para adornar sus cabellos negros.

Un d√≠a su padre le orden√≥ que aceptara a Cuima√© por esposo, as√≠ las dos tribus unidas podr√≠an luchar mejor frente a cualquier invasor. √Ďeambu√≠ obedeci√≥ el mandato de su padre y Cuima√©, feliz, comenz√≥ los preparativos para la boda. La joven tambi√©n se sinti√≥ contenta, aunque segu√≠a recorriendo el monte a pesar de las advertencias de su enamorado, quien tem√≠a por ella, ya que conoc√≠a muy bien los peligros de la selva.

Una ma√Īana la joven escuch√≥ gritos y al salir de, su toldo vio a los guerreros prepar√°ndose para la lucha; una tribu vecina se aprestaba para invadirlos y el cacique, ayudado por Cuima√© iba decidido a luchar hasta las √ļltimas consecuencias.

Despu√©s que partieron, √Ďeambu√≠ se refugi√≥ de nuevo en su toldo; no pod√≠a unirse a las otras mujeres de la tribu, que sentadas alrededor de una fogata, clamaban por el triunfo de sus hombres. Sufr√≠a demasiado al imaginar la lucha, pues pensar en los heridos y muertos de uno u otro bando, la llenaba de tristeza.

Lleg√≥ la noche y a√ļn los guerreros no hab√≠an vuelto, cuando √Ďeambu√≠ escuch√≥ de pronto un extra√Īo lamento. Primero sinti√≥ miedo, pero despu√©s casi contra su voluntad, se asom√≥ afuera y vio la sombra de un hombre, iluminada por la luz tenue de la luna. Le pareci√≥ que se paralizaba de terror, y ya estaba a punto de pedir auxilio, cuando la sombra se desplom√≥. Entonces impulsada por una fuerza extra√Īa se acerc√≥ y vio a un joven indio tendido en el suelo. Por su vestimenta se dio cuenta que era de una tribu enemiga y al inclinarse sobre √©l, descubri√≥ que ten√≠a una profunda herida en una pierna. Supuso que, confundido, no se hab√≠a dado cuenta que se introduc√≠a en el campamento del enemigo.

Sacando, fuerzas de flaqueza, la muchacha lo arrastr√≥ hasta ocultarlo detr√°s de su toldo, que quedaba algo apartado de los dem√°s. Despu√©s busc√≥ hierbas y ung√ľentos que aplic√≥ sobre la herida del joven. Este abri√≥ un momento los Ojos y al verla, la mir√≥ extasiado. No entend√≠a c√≥mo esa bella muchacha lo estaba cuidando. Desconcertado, pero ya m√°s aliviado de su dolor qued√≥ dormido.

Cuando √Ďeambu√≠ lo vio descansar tranquilo, entr√≥ r√°pidamente en su toldo y trat√≥ de calmarse. Tem√≠a por la suerte del joven enemigo y conociendo el car√°cter de su padre, dese√≥ que el muchacho, una vez repuesto, se alejara de all√≠ lo antes posible. Envuelta en sus temores qued√≥ ella tambi√©n dormida y so√Ī√≥ con el indio herido, cuyas facciones le hab√≠an parecido muy dulces.

La despertaron los gritos de los hombres que volvían de la lucha. Temblando se asomó afuera y escuchó que su padre y Cuimaé la saludaban; se acercó tratando de no hacer caso de los latidos de su corazón.

La mirada de los guerreros era dura; habían podido frenar los avances del enemigo, pero a costa de la pérdida de muchos hombres. El cacique dijo a su hija:

-Muy pronto se festejarán tus esponsales con Cuimaé; es un valiente guerrero y tendremos que partir de nuevo, pero antes quiero que sea tu esposo.

La joven se inclinó ante su padre, mientras Cuimaé se adelantaba para abrazarla. En eso se escucharon gritos y algunos soldados trajeron prisionero al joven enemigo. Lo arrastraban, ya que apenas podía caminar y el cacique, ordenó que lo encerraran inmediatamente.

La muchacha no pudo evitar lanzar un suave quejido; s√≥lo, fue escuchado por Cuima√© que observ√≥ la palidez de su rostro y mil sospechas lo invadieron. Hac√≠a tanto que esperaba a √Ďeambu√≠, hac√≠a tan poco que ella le sonre√≠a como aceptando su cari√Īo, que ya no pod√≠a tolerar ning√ļn rechazo. Fue as√≠ que prepar√≥ los festejos para la boda con un apuro febril.

√Ďeambu√≠ por el contrario parec√≠a languidecer d√≠a a d√≠a y mientras las mujeres de la tribu le probaban la t√ļnica nupcial, mientras alrededor de ella los preparativos se suced√≠an unos a otros, permanec√≠a pasiva en medio del bullicio … La mirada resignada del joven prisionero la persegu√≠a constantemente, y a menudo paseaba como por casualidad frente al toldo donde estaba encerrado. El joven tambi√©n se hab√≠a sentido hechizado por la dulce india y aunque sus miradas s√≥lo se encontraban fugazmente, expresaban todo lo que los dos sent√≠an. Nadie se percat√≥ de lo que suced√≠a; s√≥lo Cuima√© no perd√≠a los gestos y miradas de la joven, y sent√≠a su coraz√≥n estallar de dolor.

La noche anterior a la boda se celebr√≥ un festejo prenupcial; despu√©s toda la tolder√≠a qued√≥ dormida, menos √Ďeambu√≠. Se acerc√≥ sigilosamente al toldo del prisionero… hasta su guardi√°n dorm√≠a. Haciendo un gran esfuerzo pudo desatar las lianas que lo sujetaban y los dos huyeron al monte. All√≠, apenas iluminados por la luna, se abrazaron; no se imaginaban que Cuima√©, enloquecido de celos los hab√≠a seguido.

Desesperado, el joven cacique sac√≥ la flecha m√°s afilada y armando su arco, la despidi√≥ con fuerza sobrehumana. √Ďeambu√≠ y el joven se desplomaron, mientras la selva vibr√≥ bruscamente, sacudida por una carcajada de loco.

Amor y odio hab√≠an sido demasiado fuertes para Cuima√©, pero los dioses se compadecieron de √©l y lo convirtieron en ave… Desde entonces el Uruta√ļ recorre los campos con sus tristes lamentos. Todas las noches llora a su bien amada y reci√©n descansa al amanecer.

Canto del Uruta√ļ de D√≠a

  • El Canto del Uruta√ļ durante el d√≠a y durante la noche son distintos y el de la Noche es m√°s largo pero nunca se pudo conocer o estudiar las razones de estos cambios.